En cualquier periodo de aprendizaje lo más complicado no es la introducción de nuevos conocimientos, sino la sustitución y actualización de viejos conceptos. Por eso, es más fácil enseñar a un niño que apenas dispone de conocimientos previos en muchas materias (además de una mayor capacidad para asimilar y aprender). En este proceso las nuevas competencias que se van a inculcar son tan importantes como las que ya lleva consigo el alumno. La economía y las finanzas personales no son una excepción a esta regla, más bien lo contrario.
En el apartado de gestión financiera lo más complicado no es aprender nuevos hábitos, sino desterrar los antiguos y que este cambio sea duradero. Un recurso muy utilizado para lograr esta transformación es atacar primero a los ‘puntos negros’ de la conducta del ahorrador. Es decir, señalar qué pautas de comportamiento o conocimientos económicos son erróneos. De esta forma la persona se ve obligada a reflexionar sobre sus propios fallos y una vez descubra su equivocación será más fácil introducir los nuevos conocimientos y por lo tanto reconducir su conducta económica.
En esta ocasión utilizaremos los siete pecados capitales como excusa para apuntar una serie de vicios nocivos para nuestro patrimonio. Su vertiente económica y financiera tiene más que ver con formas de acercarse al dinero y la gestión financiera que con comportamientos concretos, aunque después cada postura se vea representada por alguna acción en particilar.
Los siete pecados capitales según el listado original de del Papa Gregorio I que más tarde utilizó Dante Alighieri en La Divina Comedia y a los que ahora les damos su significado económico son los siguientes:
- La lujuria
Está definida como un deseo sexual desordenado e incontrolable. Sin embargo, la Real Academia de la Lengua (RAE) también lo define como “exceso o demasía en algunas cosas”. En el ámbito financiero la lujuria puede traducirse con un consumo desenfrenado y sin ningún control, lo que comúnmente se conoce como “comprar por comprar” o por puro placer. El destino más habitual de este tipo de comportamientos suele ser la deuda y en último término la quiebra. El antídoto contra la lujuria es una mezcla de planificación y control financiero que limite esos gastos hasta cierto punto compulsivos o que, por lo menos, nos permita ser conscientes de ellos y de su influencia en nuestras cuentas. - La gula
Aunque hoy en día identificamos la gula como el apetito excesivo por encima de nuestras necesidades alimenticias, antiguamente se refería a cualquier forma de exceso. Este sí que es el pecado de los consumidores compulsivos a diferencia de que en este caso siempre se trata de un consumo que supera lo estrictamente necesario y las posibilidades económicas reales. Desde un punto de vista financiero la deuda es el reflejo de la gula, que también hace referencia al consumo ciertas comidas a sabiendas que van en detrimento de la salud. Es decir, tener un comportamiento económicamente negativo pero ser consciente del mismo como por ejemplo tratando de comprar algo que está fuera de nuestro presupuesto de nuestras posibilidades reales. Una vez más el control y la planificación son las mejores armas para combatir este vicio y elaborar un presupuesto la mejor estrategia.
- La avaricia
La avaricia vuelve a hacer referencia a los excesos, aunque en este caso sólo los que tienen que ver con la adquisición de riquezas. Ser avaricioso no tiene por qué ser malo si se toma como sinónimo de ambición financiera (siempre hasta cierto punto) pero no ocurre lo mismo cuando se desvía hacia el lado de la codicia. Hay que tener cuidado con ambicionar más de lo que cada uno puede afrontar. Una casa más grande de lo que después se puede pagar, un coche demasiado lujoso, una televisión que desborda el presupuesto… Son sólo algunos ejemplos de la avaricia, cuyo destino es siempre el sobreendeudamiento. En este punto ya no sirven la planificación y el control, sino fijarse metas realistas de acuerdo con las necesidades y recursos que poseemos. Desde un punto de vista inversor, la avaricia actúa de forma diferente y nos incita a cometer errores como dejar correr demasiado las ganancias (incluso hasta que ya no lo son) y no cortar las pérdidas a tiempo. - La pereza
Sin duda el mayor enemigo de las finanzas personales. En la guía de los siete pasos para hacerte con el control de tus finanzas el primero de ellos es dedicarle tiempo. Como casi todo lo que tiene que ver con economía, la mayoría de ahorradores carece de los conocimientos previos necesarios y por eso debe dedicar un tiempo a formación, a lo que hay que añadir el esfuerzo de investigación para saber en qué se gasta el dinero o en donde invertir. En España la pereza es el pecado financiero más extendido y por eso casi la mitad del ahorro de los españoles está en cuentas sin remunerar y todavía menos son los que cuentan con un fondo de previsión para imprevistos económicos o con algo tan básico como un presupuesto. ‘Por fortuna’, la crisis está cambiando la tendencia y cada vez hay más personas activas respecto al manejo de su dinero. - La ira
Tiene que ver con el odio y el enfado sin orden ni control. Suele aparecer cuando los planes no se desarrollan según habíamos previsto o, más habitualmente, cuando no hemos sido capaces de controlar ciertos impulsos consumistas (el enfado es con uno mismo). Quizás sea uno de los pecados menos peligrosos en términos financieros siempre que no nos lleve a tomar decisiones precipitadas y sin sentido, algo que sí puede ocurrir en el ámbito de la inversión bursátil, por ejemplo. - La envidia
Una de las primeras cosas que todos los padres tratan de enseñar a sus hijos es a ser independientes y vivir con lo que tienen, sin fijarse en el resto. Es decir a no ser envidiosos. Y es que la envidia no es más que en ansia por poseer lo que tiene el resto y el problema es que se trata de un saco que nunca se llena. Por eso es uno de los pecados más peligrosos para nuestras finanzas personales, que reciben ese nombre porque deben ajustarse a la economía de cada persona, no a la sus ‘vecinos’. Sin embargo es muy común ver cómo hay personas que viven por encima de sus posibilidades o llevan a cabo actos financieramente erróneos sólo por imitación. Un presupuesto rígido y bien ordenado puede ser la solución. - La soberbia
La soberbia es considerado el original y más grave de los siete pecados capitales y de él derivan el resto. De hecho, este fue el pecado que cometió Lucifer hacia Dios. La RAE lo define como “altivez o apetito desordenado de ser preferido a otros” y “satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio a los demás”. Las posibles consecuencias de ser demasiado orgulloso en el ámbito financiero e inversor pueden ser nefastas y desembocar en la peor de las ruinas. La soberbia puede hacer que no seamos capaces de admitir nuestros propios errores (por ejemplo en la compra de una acción) y que no acudamos en busca de ayuda de los especialistas para las inversiones y de amigos en momentos de apuro económico. En este caso la mejor fórmula para combatir la soberbia son la información (se dejará de ser soberbio para ser un experto informado) y la planificación (por ejemplo contar con un fondo de previsión por si pecamos de soberbios).
A estos siete pecados financieros se les pueden añadir tres más, que en cierta medida ya están incluidos dentro de los oficiales pero que siempre está bien recordar.
- La ignorancia
Es una de las causas más directas de la pereza, pero también puede ser uno de los causantes de la soberbia. En España hay un serio déficit en cuanto a formación financiera al que por suerte se empieza a poner remedio. Pero la ignorancia no sólo tiene que ver con educarse acerca del manejo de las finanzas personales y también se puede extender al desconocimiento de nuestros hábitos de consumo y de la manera en la que gastamos nuestro dinero. - La inconsistencia
Entendida como la falta de constancia, algo muy habitual en la gestión financiera. Muchos son los que empiezan el año realizando un control activo de su dinero y lo dejan en apenas dos meses cansados del esfuerzo que supone para volver a abonarse al pecado de la pereza. - El ansia
Está directamente relacionado con la inconsistencia, la ira y la avaricia. Una de las causas más comunes para volvernos perezosos y abandonar el control financiero es el ansia por conseguir resultados rápidos y de forma inmediata, algo que no siempre es posible. Esto puede llevarnos a estar enfadados con nosotros mismos y a tomar decisiones desacertadas en un ataque de ira, como por ejemplo abandonar la gestión que veníamos haciendo. Del mismo modo, este exceso de codicia por conseguir nuestro objetivo de forma rápida y la imposibilidad real de hacerlo suele desembocar en una paulatina pérdida de interés por el control de nuestro dinero.
Todos estos los vicios obedecen a conductas que casi todo el mundo considera poco deseables pero que en mayor o menor medida pueden formar parte de la personalidad de una persona que es, a fin de cuentas, lo que determina cómo será su comportamiento financiero. Controlar y encauzar estos rasgos es una parte muy importante del proceso de aprendizaje económico, por lo que a muchos no les quedará más remedio que ‘jugar a psicólogos’.
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